jueves, 18 de noviembre de 2010

La sutileza de la maldición en Elsa María Meléndez


Hace un par de años, tras reseñar una exposición de la joven artista Elsa María Meléndez, escribí que se me antojaba entrar a una de esas cajas acrílicas donde flotaban sus personajes de papel y tela en pequeño formato, pero para esto era necesario ampliar la caja y las figuras. Ahora la experiencia está disponible para todos con la instalación ¨El ingenio colectivo o la maldición de la cotorra¨, expuesta en la Galería R.J. Reynolds del Museo de Arte de Puerto Rico en Santurce, y que fue creada como parte de la Beca Lexus para Artista 2009.

Con esta instalación la artista ofrece la oportunidad de interactuar directamente con sus personajes y convierte al espectador en una figura más de la pieza, que cubre un área de 450 pies cuadrados. Sólo que los personajes están segmentados, entre cabezas solas que flotan o cuerpos suspendidos en la pared alcochonada, algunos con pies, otros con brazos y manos, pero todos sin cabeza.

Meléndez se vale de la metáfora mediante el cantaleteo de la cotorra, que repite la palabra aprendida hasta la naúsea, y no se sale del mismo ¨verso¨. Y nos coloca en el espejo imaginario de las aspiraciones colectivas, restregadas sobre el mismo lodo sin conseguir una tranformación.

Esta vez, se deshace de la caja acrílica a través de la cual podíamos atravesar la vista, y por el contrario nos encierra entre telones de lienzo crudo, confinados, donde no podemos apartar la mirada del interior, para hacer de la experiencia y la reflexión una más íntima.

El elemento de los alfileres enterrados sobre partes de los telones, que la artista asocia con su intención de explorar de manera genérica el Vudú, lo vinculo con esa astilla-espina o ¨piedra en el zapato¨, que incomoda, que jode, pero no acabamos de retirar. A nivel estético, desempeñan un rol visual atractivo, sobre todo cuando se observan las sombras que crean en la tela y la sensación de profundidad.

Meléndez, destacada por sus grabados y dibujos que transfiere a la tela (como ocurre con los rostros, las manos y los pies presentados en las presentes piezas alcochonadas), mantiene un deliberado control del color en la instalción. Todo es eminentemente crema claro, y rompen con ese ¨compas¨ la tinta en los dibujos y uno que otro pedazo de tela de color brillante y,  por supuesto, las cabezas de los alfileres. De esta manera evita grandes distracciones, al tiempo que el aspecto general -orgánico- de la obra también resulta enigmático.

Al emplear paños, telas, retazos de telas y piezas de vestir para construir cuerpos, rostros y personajes, hay una intención clara de reformar con cada puntada de costura, que de seguro le toma innumerables horas de trabajo a Meléndez, quien además se desempeña como curadora en el Museo de Arte de Caguas. Tal intención de reformar, o surcir, igualmente está ligada a la aspiración de cambio colectivo para construir otra forma ¨de estar¨.

En el medio de la habitación que crea la instalación, se amontonan todos los retazos y otros objetos, como zapatos, a manera de un lío de ratones (figuras estas que ha trabajado en otras piezas), que también invitan a rebuscar.

Además de la parte visual, la instalación está acompañada de sonido, con el sonsonete de la incansable cotorra, y de un vídeo realizado en colaboración con el artista Teo Freytes, que consiste de una animación.

La animación está atada a otras partes de la instalación. En el vídeo una mujer baila o se sacude la ropa mientras entran y salen debajo de su falda rostros y manos. Esos mismos elementos los vemos entre los retazos del centro de la instalación, desde donde parece que salen a urgar en lugares prohibidos.

Meléndez, en definitiva, logra un lenguaje particular con sus propuestas y consigue convertir en sutilezas cargadas de significantes los ¨trapos¨, la voz chillona de la cotorra y las frustraciones estancadas de un pueblo.

Ahora se me antoja entrar a uno de esos modelos alcochonados y sin cabeza, y literalmente dar tumbos a ciegas, como muchas cosas en este país.