El arte puede ser divertido y agradable a la vista. Pero, igual levanta planteamientos o hace denuncias implícitas. Igual nos paramos frente a una obra que es directa, agresiva o cruda. El arte también transgrede, reta y libera.
Por su parte, la censura ataca por todos lados, desde el contenido a la forma, hasta el material empleado en la elaboración de una pieza. Desde el que la hace hasta el lugar donde se presenta. Temas como la política, la religion, la economía y el sexo han estado muy ligados a la censura.
Los que rompen esquemas tradicionalmente han sido censurados. No le fue fácil a Duchamp cuando se le ocurrió elevar a pieza de arte un urinal en 1917, y desde antes con otros objetos de consumo de producción masiva.
Sin ir muy lejos, busquemos en nuestro patio la historia de las mujeres desnudas o semidesnudas de la artista Luisa Géigel. Mal sabor que le dejaron a los puritanos aquellos óleos presentados en plena mitad del siglo XX.
Si nos situamos en las corrientes más contemporáneas, encontramos el rechazo a piezas que entre sus materiales incluyen fluidos y desechos corporales, entre tantos otros ejemplos. Por eso, cuando repasamos el devenir de la censura en el arte, resulta bochornosamente patética la decisión del presidente de la Comisión Estatal de Elecciones al limitar una muestra de caricaturas de políticos locales, al filo de la primera década del siglo XXI. Caricaturas de políticos incumbentes, que en algunos casos son los que ofenden con sus actuaciones, expresiones y trabajo en general.
¿Quién dijo que las caricaturas tenían que ser políticamente correctas? La caricatura es la representación de un personaje o situación de manera sarcástica, para llevar un mensaje. Precisamente una de sus razones es agarrar el lado “jocoso” y lanzarlo con toda la picardía posible, a medida de su creador, que para eso están los estilos y la individualidad que le dan riqueza al trabajo de cada cual. El arte y la caricatura hablan desde el silencio que observa, por eso muchos le temen.
Ya decía el poeta y crítico francés Charles Baudelaire, que “sin duda alguna, una historia general de la caricatura en sus relaciones con todos los hechos políticos y religiosos, graves o frívolos, relativos al espíritu nacional o a la moda, y que han agitado a la humanidad, resultaría una obra gloriosa e importante”.
Por supuesto que no podemos permitir la censura, no sólo en el arte, sino en todos los órdenes. Y más en un país que se precia de democrático, donde algunos de los que ocupan posiciones de poder revolotean y encharcan palabras al hablar de la primera enmienda de la Constitución, que garantiza la libertad de expresarse.
Es buen momento para recordar que en Puerto Rico hemos tenido una largo historial de censura. Sólo hay que leer ¨La mordaza¨, de la historiadora Ivonne Acosta, y repasar aquellas atroces leyes para acallar a las personas por razones políticas e ideológicas.
Tan reciente como hace unas semanas todos fuimos testigos de cómo era reducida a la invisibilidad con rolos de pintura, la manifestación de un grupo de mujeres en un espacio público, donde crearon un texto para llamar la atención sobre la violencia por género.
En el lado del arte, la censura la han vivido los artistas en galerías, en museos, en instituciones públicas y privadas. Son muchos los proyectos abortados, las grandes obras que permanence desconocidas para el gran público. Algunos creadores han elegido rendirse, son más los que se mantienen firmes en su compromiso con el arte y sus principios.
Recordemos cómo en sus comienzos, los artistas Rafael Villamil y Rafael Ferrer vivieron la censura cruda con la exposición ¨Dos pintores¨, que tuvieron en 1961 en el Museo de Arte, Antropología e Historia de la Universidad de Puerto Rico en Río Piedras. El rechazo era fundamentalmente a sus propuestas vanguardistas no toleradas por la burguesía cultural de entonces, y su impacto mediático fue tal que acaparó páginas en los diarios.
Censura sufrió el artista cubano Félix González Torres, incluso de parte de los mismos artistas de su época mientras residió en Puerto Rico. Es en Estados Unidos que alcanza el reconocimiento a su trabajo y a años de su muerte se le sigue reseñando en la escena internacional del arte.
No menciono casos de los últimos años, sobre todo con los artistas más jóvenes en nuestras principales salas, porque no me alcanza el tiempo ni el espacio.
En estos momentos de ataque a las libertades, de atropello a las artes y a los artistas, recuerdo una vez más el silencio infame de la misma escena del arte. Es que no se escuchan nunca a los funcionarios de los museos, a los galeristas, a los críticos, a los coleccionistas, a las entidades culturales, a la mayoría de los artistas, sino muy por lo bajo, el quejarse públicamente y denunciar de manera activa estas cosas.
Para una sociedad, la peor de todas las censuras es la que se autoimponen sus ciudadanos.
1 comentarios:
http://revoltaproducions.wordpress.com/2010/11/11/yo-te-censuro/#comment-13
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