Cuando Martin Heidegger (1889-1976) nos remite al ¨espacio¨ y al ¨yo¨, nos señala que ¨el espaciar conlleva lo libre, lo abierto, para un situarse y habitar del hombre¨. Y explica que ¨espaciar es, en sí, la liberación de sitios, donde los destinos del hombre existente se proyectan con el bien de una nación, o en la desdicha del exilio, o frente a la indiferencia de ambos¨.
En ese espaciar -en parte- se encuentra la presente muestra de los artistas multidisciplinarios Mylivette Morales, Abdiel Segarra, Jesús ¨Bubu¨ Negrón y José ¨Tony¨ Cruz, inaugurada la pasada semana en la Galería 356. Cada cual, con el presente trabajo, persigue la liberalización del espacio entendido como lugar de convivencia donde se entremezclan las experiencias cotidianas -públicas y privadas-, los caminos recorridos y la supervivencia.
Las propuestas de estos cuatro jóvenes artistas transitan por senderos y estéticas diferentes que coinciden en el tema del espacio. Todos se valen de su entorno inmediato para darle significado a lo que a primera vista no parece tenerlo. Pero, al final de sus correspondientes procesos creativos, logran extraer lo humano del espacio, o más bien el habitar del humano en su espacio.
Morales y Segarra exploran el espacio a partir de su intimidad, la cual develan al ponernos en contacto con detalles que nos hablan de su relación sentimental. Esos detalles están presentes en una instalación acompañada de notas, cartas, dibujos de objetos cotidianos y fotografías caseras de juegos entre la pareja. Estos materiales los dispusieron (en libretas de dibujo) en dos mesas y además mostraron un vídeo.
Más que presentar con fechas y objetos la documentación de la convivencia, el montaje de Morales y Segarra comparte la cotidianidad de su espacio privado para desnudar una parte de la esencia del ser humano. Muestra necesidades básicas de afecto y correspondencia, incluso con objetos desechables cargados de significado, en el contexto de la relación.
Igual nos acercan a sus objetos para que podamos interactuar con ellos y forjarnos nuestra historia.
Negrón, por su parte, se apropia del hallazgo en el espacio público y presenta un trabajo ¨arqueológico¨ que remite a las preguntas de ¿Quién?, ¿Cómo?, ¿Cuándo?, ¿Dónde? y ¿Por qué?
Al recolectar vidrios rotos de autos y presentarlos como cuadros en la pared, congela varias historias que le tocará descifrar a cada espectador. Se trata de piezas de evidencia durante sus recorridos entre Puerta de Tierra y el Viejo San Juan.
Son obras -mediante las cuales explora, además, la estética del objeto encontrado-, que sitúa en la ruptura de la vida, encarnada en el vidrio brillante y frágil que se hace añicos al violentarse. Ahí encuentra el ¨yo¨, vulnerable, hiriente, que deja huellas en ese espaciarse por la vida; y levanta de la calle la pieza doblemente intervenida para mostrarla con cierta vida, todavía vidrio, todavía capaz de cortar.
En el caso de Cruz, el artista recorre los muros de la ciudad de lado a lado, de arriba hacia abajo, y descubre la superviviencia. La vida confinada en espacios reducidos e inhóspitos sin aparentes posibilidades.
Con sus fotografías muestra plantas silvestres que sobreviven en grietas y esquinas de los muros de la vieja ciudad. La misma ciudad donde transita el que lo tiene todo y el que no tiene nada. Le añade color a estos paisajes al aplicar plastilina como si fuera masilla para corregir grietas y defectos en la superficie.
Cruz, quien es primo de Negrón y fue profesor de Segarra en la Escuela de Artes Plásticas de San Juan, profundiza en el tema con pequeños dibujos minimalistas -de trazo limpio- realizados a lápiz. En éstos, las plantas crecen en un zapato, en una cuchara, hasta en la oreja de un hombre; mientras el artista nos convida a ponernos en el lugar del otro, ese otro que rebasa la adversidad y sobrevive.En este viaje de variadas experiencias, los cuatro artistas nos sitúan en sus respectivos espacios para hablarnos del acontecer urbano y sus peripecias, del ¨yo¨ y ¨el espacio¨.
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