domingo 1 de marzo de 2009

RESEÑA


De posibilidades y posibilidades
Balance, color, forma, profundidad, composición, factura, técnica, son algunos de los elementos que se consideran cuando se estima una obra de arte. Sobre todo si se refiere a las manifestaciones más tradicionales como la pintura y la escultura.
Con las propuestas artísticas más contemporáneas, donde muchas veces no hay pintura ni escultura en el sentido tradicional de esas concepciones, puede que se descarten uno, varios o todos esos elementos y la valoración de la pieza sólo requiera de la efectividad en comunicar una idea o lograr una reacción del espectador. Tal sería el caso de obras conceptuales, instalaciones, u otras manifestaciones experimentales, aunque no todas -por supuesto- se evalúan de la misma manera ni mucho menos siguiendo un patrón. Eso no funciona así en el arte.
Sin embargo, todavía se podrían considerar los elementos mencionados en otro sentido -ya no físico o material- e igual seguiríamos apreciando el balance, la composición y la factura, etcétera.
Cuando asistimos a la exposición de un proyecto esperamos que la propuesta presentada nos diga algo, nos comunique una idea, nos lleve a la reflexión. Para que sea así, las piezas deben establecer un diálogo con el espectador. Si no ocurre de esa manera, algo no funcionó.
Un poco eso ocurrió con la propuesta ¨24/7 Estética de la vida diaria¨, cuya apertura tuvo lugar en la galería La 15 en Santurce el jueves 26 de febrero.
El proyecto fue curado por Marina Reyes Franco, quien establece en su escrito que en ¨un país con poca cohesión entre los distintos cascos urbanos que lo componen, la gente vive sus vidas en áreas muy delimitadas y son estos lugares, no el macro, los que nos forman. Esa fue la premisa bajo la cual los artistas participantes en esta exhibición exploran la relación más íntima que tienen con el lugar donde viven, se criaron o trabajan, presentada en el macro de la estética de la vida diaria¨.
Muy bien aclara Reyes Franco que ¨la estética es una disciplina que abarca mucho más que las prácticas del arte, sino que se preocupa por todo lo que es percibido por los sentidos, y cómo lo catalogamos a base de nuestros gustos¨.
Javier Román presentó un montaje pequeño que incluyó dos acuarelas de paisajes arquitectónicos y un vídeo de espacios urbanos. Los acompañó de sonidos citadinos que podían ser escuchados a través de unos audífonos.
Miguel Figueroa desplegó una serie de fotografías familiares donde aparecen personajes femeninos, objetos cotidianos y espacios domésticos.
Anaís Melero realizó dos pinturas de colores brillantes. Son paisajes donde sobresalen los diseños arquitectónicos y la invasión del ambiente.
Tristán Reyes colocó recostadas en la pared dos fotografías de gran tamaño de Anselmo, uno de esos personajes de Miramar, con todo un relato en su rostro.
Radamés Figueroa realizó una instalación en el pasillo exterior de la galería con ropa colgando, en alusión a la vida en los caseríos, donde se secan las piezas lavadas en las ventanas o en cordeles, pintando el paisaje de colores y texturas.
En conjunto, la cantidad de piezas resultó mínima (lo cual por sí solo no necesariamente representa una falla, incluso puede estar el espacio completamente vacío y decir muchas cosas), y no lograron establecer un diálogo con la fuerza apropiada para comunicar la idea planteada en el escrito de la muestra.
No es que las piezas por separado no tengan méritos y posibilidades, sólo que no funcionaron como proyecto (ante mis ojos que son dos). Como espectador sentía que faltaba algo, que no encontraba la narrativa, que necesitaba ver más o imaginar más.
Luego de tres vueltas por el espacio recordé el conversatorio realizado durante la primera Feria de Arte Sonoro celebrada en La Respuesta el pasado año. En esa ocasión, la directora de la Escuela de Artes Plásticas, Marimar Benítez, planteó que ¨dentro de toda la cosa experimental que a mi me molesta¨ es que el trabajo resulte ¨inconsecuente¨.